jueves, 24 de julio de 2014

¡La primer semana de vacaciones fue escapadiza!

Todo listo.

Concentración.

Pedro ilustró a Eliud regando las plantas de María Luisa.



En el segundo y tercer día de taller tuvimos la numerosa visita de chicos con ganas de conocer los Museos y cada rincón del edificio.
Hablamos de la casita del árbol como posible refugio para hacer un picnic, los deberes o chatear cuando maduren las naranjas, sobre la misteriosa María Luisa y las leyendas que nos podía disparar su nombre a partir de la marca en el frente del Mba.
Las preguntas sobre Eliud, el depredador se hicieron cada vez más frecuentes a lo largo de la tarde: ¿Qué número de zapatillas tiene? ¿De qué color es? ¿Está mecanizado? ¿Es más alto que LeBron James? Y por fin llegó el momento de conocerlo. 
Alrededor del gigante surgieron historias aterradoras, con espíritus sombríos en escondites imaginarios y otras intrigas. Una de estas leyendas es la de Dante, en la que María Luisa la escapadiza nos cuenta en primera persona qué le pasó y por qué hay un depredador gigante en el espacio de los Museos de Arte. La compartimos:

“Hola, soy María Luisa. Tengo 15 años y vivo en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, Argentina.
Mi educación ha sido perfecta, terminé la primaria a los 11 años y ahora estoy en 4° año de la secundaria. Aunque no estoy aquí para contarles eso. Estoy aquí para contarles una aventura extraordinaria.
A los 10 años comencé a sentir ruidos por la habitación. A la noche veía unos ojos rojos por la ventana y siempre tenía miedo.
El día de mi cumpleaños me regalaron un robot chiquitito, muy muy chico, que si lo enchufabas a un cable se iba agrandando. Tenía un hacha con filo verdadero y una bola con pinches. El robot caminaba solo.
Un día a lo dejé enchufado en la noche, mientras dormía. Al día siguiente se había agrandado un montón, era mucho más grande que yo y decía una palabra en susurros. Le dije: “¿Qué estás diciendo?”.
El robot, Eliud,  levantó mucho la voz y gritó: “¡Tengo que matar a mi amo!”.
Salí corriendo rápidamente a otro lugar pero el robot me lanzó la bola y me dejó en el piso. Se iba acercando a mí. En el momento que pensé que estaba muerta, Eliud se sacó al cabeza y la puso en su mano. Se le iba agrandando la boca y lanzaba una luz. La cabeza explotó dejándome herida a mí y en pedazos a mi robot asesino.
Después de unos años hice una copia de él para que me proteja.
El nuevo Eliud me sigue a todos lados y me cuida”.

[ Nos queda una semana de taller, no dejen de anotarse! ]