jueves, 15 de diciembre de 2016

Sobre ARPA Filial Bahía Blanca, por Jorge Moyano

I
Hay espacios que funcionan por fuera de los círculos habilitados, diríamos oficiales. Revisten una clandestinidad atractiva y necesaria para convocar a todo tipo de personajes, que atravesados por la misma extra oficialidad, buscan permanentemente esos lugares para ser, o para desplegar su constante búsqueda. El taller montado en calle Bolivia para la duplicación de obra y para el copiado o restitución de obras, tiene algo de esta convocatoria, que a su vez lo habilita fuera de la oficialidad. En un par de horas en el lugar uno se siente parte de esa necesidad da habilitación que seduce y que nos mueve a crear espacios, una y otra vez. Había algo en mí en esa tarde que me tenía ansioso, esperando la hora  y la dirección en la que se desarrollaría el encuentro. Es que generar un espacio colectivo, en donde juntarse a hacer algo, nuevo, a medio camino entre la habilitación y lo secreto, ahí en ese lugar entre lo cierto y lo ficcional instala una curiosidad que arde.


Además está el asunto de los personajes, de los que atraídos por el mismo pulso, van a dar a lugares como estos, a cebarse mates o buscar que se yo que alimento para la propia producción. Esos personajes también convocan y tal vez por eso son pensados en este proyecto como mano de obra, como obreros puros, porque hay un gozo en tenerlos cerca, haciendo cosas para poner en marcha la duplicación, la restitución. Habrá que ver como se relaciona el hecho de que una especie de generación contemporánea del arte se ponga a trabajar en esta obra tan reivindicativa, con ese reclamo o necesidad de esclarecimiento que porta la misma generación, que podría haber vivido de manera distinta el encuentro con las obras que le fueron negadas. En este punto me parece fundante esa ausencia de obras, ese reclamo, después de tanto tiempo de ver los catálogos ajenos repletos de obras que podrían haberse visto en persona, no queda otra que la restitución física, real, presencial.
La tarea del taller parece imposible, es imposible. Aunque no lo sé, no termino de entender si los actores perciben esta imposibilidad, si la temen o si gozan en ella. Porque el mismo proyecto fue concebido como una restitución originada en la derrota de un concurso anterior, que habiendo sido ganado, finalmente perdió. La cantidad de obras es gigante, pero mirándolas en el catálogo uno se muere de ganas de verlas, de tenerlas frente a uno, y si pensamos en que podría haber sido así, dan ganas de robarlas, de poseerlas, de traerlas de vuelta. En cierto sentido la imposibilidad es uno de los ejes del trabajo de ARPA, pero asumido en términos que aún no logro calificar, esa imposibilidad no asusta, más por el contrario, genera un cierto humor cercano al deseo. El deseo como instancia de lo humano por ocupar el lugar de la constante falta, el hueco intapable, también es amigo de la imposibilidad. Habrá que forzar, como siempre, esa imposibilidad, habrá que ver qué movimientos genera ARPA para inventar mecanismos y funciones, contactos y disposiciones, que permitan hacer de lo angustiante de los plazos, el mecanismo mismo de la restitución.



II
¡Luche y vuelven los 90!

Toda restitución trabaja detrás de los hechos, detrás del tiempo. En sí misma es una acción en contra del tiempo pasado, o de los acontecimientos que en un tiempo dado marcaron algo, expresaron cierta cuestión con la que en el presente no se acuerda. La restitución es, en cierto modo, una rebeldía y se mueve por canales, casi siempre, contra hegemónicos, y se encuentra con obstáculos casi siempre, hegemónicos. Como la restitución contiene dentro suyo el germen de la denuncia, moviliza fibras y para de puños a los espectadores.
¿Por qué hay tarea de restitución para ARPA? ¿Por qué hace falta su intervención? La respuesta va gestándose en la medida que las obras se reproducen. Parece que cada una de ellas revela un nuevo significado sobre el dolor de su ausencia en el patrimonio bahiense, con cada obra que se restituye en el taller se está un poco más cerca de tocar y de mirar lo que nos fue privado y que podría haber estado en nuestras consciencias más vivamente. El camino de la re apropiación no es institucionalmente fácil, se vive como amenazante por parte de los cuidadores del patrimonio. Lo patrimonial es un tesoro y todo lo atesorado se protege, como el oro preciado. La oficialidad atesora, defiende y en ciertas ocasiones comparte, aunque la preservación es más conservadora que socializante. La restitución de ARPA es socializante, es reparadora, y por su tal apertura incomoda a las instituciones tesoreras del arte. Esto hace que algunas llamadas telefónicas se vean enrarecidas, algunos contactos y discursos cuidadores de las obras perdidas se vuelven viscosos e indefinidos, acentuando el tiempo político actual, que asegura metas incomprobables, para semestres venideros.
Parece que en alguna medida la restitución es un reclamo que los integrantes de ARPA se debían desde que comenzaron a formarse, a convertirse en artistas y docentes. Hay una conciencia tal de la privación de cierta parte del arte, que hacía falta volver a estudiar las obras, aún con más detalle que antes. Había que detenerse en las dificultades técnicas, aprender todos los métodos, todos los lenguajes del patrimonio que no fue, y masticar las materialidades, con esa voracidad que sólo la privación y la falta suelen encender. Una pregunta circula en el ambiente del taller ¿Qué tipo de artistas seríamos si nos hubiésemos formado, crecido, frente a estas obras? ¿Qué nos quedó fuera de alcance, en esas obras que evadieron nuestra ciudad?


La memoria contiene datos que pueden operar como motor restitutivo, fuerzas y posibilidades de evocación a las que apela la existencia. El recuerdo de los 90 como década fatal en términos políticos y  laborales constituyó el eje de campañas y el foco de discusiones durante varios meses para nuestro país. Misteriosamente, el marco de existencia social actual, hermanado íntimamente con el de las políticas y decisiones prodigadas durante los años 90, ofrece el escenario indicado para la restitución de ARPA. Parecería el momento indicado para volver al estudio de las obras y de los artistas de la década perdida, el mismo pantano y la misma atmósfera incierta sobre el mañana, como punto de encuentro con las obras y los creadores de lo incierto.
La falta opera como marca, falta en la piel de los arrebatados de los 90, restituyentes creadores, y falta en los privados de esta ciudad, evocadores a contra tiempo, de una política visual de privaciones. De la falta surge la exégesis, como necesidad y como reconstrucción del camino emprendido por los autores sagrados. En los encuentros de trabajo de ARPA los exegetas estudian los catálogos de los 90 como Biblias Sagradas, miran con lupas y proyectores los detalles y dimensiones de las obras, como enfrentándose a los rollos del mar muerto. En efecto, en esas hojas satinadas pueden encontrarse antecedentes, inicios y paternidades inconscientes sobre el nuevo testamento del arte contemporáneo.
Jorge Moyano
Tutor BRA2016